El blog que nunca duerme...

Y creo que mi divagación simboliza estos tiempos de incertidumbre, contradicciones, éxitos, fiascos, cambios de rumbo, desconcierto, agravios y desagravios. Porque el deporte se presta como escaparate de la sociedad: la competitividad, el mercado, la egolatría, la belleza, el respeto, la traición de unos valores, el anhelo de coherencia, la sinrazón y, al fin y al cabo, ese espectáculo que debe continuar...
En el fondo, necesitamos tablas de náufrago para sobrevivir con integridad entre infinitos estímulos. Ahora que se tambalea -relativamente, claro- la teoría de Einstein, que los productos -como afirma El Roto- son los que nos necesitan y no al revés, que dudamos de la pirotecnia política y nos mostramos escépticos ante las próximas elecciones generales, que hasta nos quieren atar en corto los informativos públicos, que toda independencia "independe" de algo (como subrayaba un profesor de la facultad), que crece la desconfianza en las instituciones y la fe ya no mueve tantas montañas como antaño... conviene hacer una reflexión urgente, pero sosegada. Como funambulistas en equilibrio inestable, nos queda la certeza de la gente que amamos, la experiencia que atesoramos, las cosas que descubriremos y todo cuanto aprendemos cada instante. No está mal, para empezar. Como apuntaba Yogi Berra, una suerte de Groucho Marx del béisbol americano de los años 50, “cuando uno llega a una encrucijada debe seguir adelante” y “uno puede ver muchas cosas simplemente mirando”...
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Tomo nota: “El fútbol, como la vida, está lleno de tiempos-basura. Como la vida, el fútbol se descompone al final de un puñado de momentos brillantes. El resto es un vago malestar: fenómenos metabólicos, estadísticas, humo.
Y, sin embargo, ni el fútbol ni la vida son mal negocio.
Hay momentos que duran para siempre”.
Así que, lectores osados de este intrascendente blog que nunca duerme (pese a la inconstancia, mantenemos el espíritu -pongamos que- de NY): celebremos la vida como una gran jugada en equipo, un gol memorable, una asombrosa acción individual o una derrota digna. Pero siempre con ilusión. Con los sentidos bien despiertos y una enorme sonrisa... Precisamente como encaramos el próximo viaje. ¡Feliz otoño! Continuará.